Perder a alguien, especialmente cuando se trata de una persona cercana, es atravesar un sinfín de emociones que se van entrelazando día tras día.
No vivimos el duelo de la misma manera todos los días. Hay momentos en los que creemos estar bien, en los que incluso conseguimos sonreír y continuar con nuestras actividades cotidianas. Pero, de pronto, sin previo aviso, los sentimientos regresan como un verdadero tsunami.
Es una ola inmensa que nos arrastra y nos deja abandonados en la orilla, sin saber cómo afrontar todo lo que viene después.
El impacto, el dolor, la negación, la rabia… Emociones que aparecen de distintas maneras, dependiendo también de cómo haya ocurrido aquella partida.
Después de atravesar tres duelos muy cercanos, he llegado a comprender algo que antes quizás no entendía con tanta claridad: cada persona vive la pérdida de una manera diferente.
Hay quienes continúan con su día a día como si nada hubiese sucedido. Se refugian en sus obligaciones, evitan hablar de lo ocurrido y aparentan que todo estará bien. Otros, en cambio, solo desean desaparecer por un tiempo, encerrarse en su dolor y llorar hasta quedarse sin lágrimas.
Yo he vivido ambas formas de enfrentar una ausencia.
Hace catorce años falleció mi hermana mayor.
Su partida fue repentina. No hubo una advertencia, una despedida ni tiempo para prepararnos. Simplemente ocurrió, y con ella se derrumbó una parte de nuestro mundo.
Recuerdo que el dolor era tan grande que sentía que no podía respirar.
Sin embargo, creí que debía disimularlo.
Detrás de mí estaban mi madre y mi padre. Dos padres que acababan de perder a una hija. Y yo pensaba que mi sufrimiento no podía compararse con el de ellos.
Porque ¿cómo se prepara un padre para despedir a un hijo? ¿Cómo se acepta una ausencia tan inesperada?
Sentía que tenía que ser fuerte por ellos.
Y lo fui. O al menos eso intenté demostrar durante meses.
Me guardé las lágrimas, escondí mis momentos de angustia y traté de continuar como si pudiera sostenerlo todo.
Hasta que un día mi cuerpo dijo basta.
Terminé en urgencias, atravesando una crisis de pánico. Había pasado tanto tiempo intentando contener el dolor que, cuando finalmente me derrumbé, la caída fue muy dura.
Con mi segunda pérdida, la experiencia fue distinta.
Esta vez fue mi abuelita.
Ella era una persona demasiado especial para mí. Alguien con quien compartí momentos que todavía conservo como pequeños tesoros.
Su partida fue diferente. Lloré incluso antes de que se fuera, porque sabía que se acercaba el momento de despedirla.
Y cuando finalmente partió, seguí llorándola durante años.
Todavía me duele su ausencia. También la de mi hermana.
Pero con el tiempo he aprendido algo que hoy agradezco profundamente: puedo recordarlas desde el amor y no solamente desde el dolor.
Ahora regreso a esos recuerdos y encuentro sonrisas donde antes solo había lágrimas.
Recuerdo aquellas tardes compartidas, las largas conversaciones, las risas y tantos momentos que en su día parecían cotidianos y que hoy tienen un valor inmenso.
Me gusta recordarlas felices.
Me gusta pensar en todo lo que vivimos y no únicamente en el día en que las perdí.
Por supuesto, hay momentos en los que la tristeza regresa. Hay fechas, canciones, lugares y pequeños detalles capaces de despertar una ausencia que parecía estar dormida.
Y está bien sentirlo.
Porque el duelo no tiene un calendario. Nadie puede decirnos cuánto tiempo debemos llorar, cuándo tenemos que dejar de sentir tristeza o de qué manera debemos continuar con nuestra vida.
Tampoco creo que exista una única forma correcta de enfrentar una pérdida.
Algunos necesitan hablar. Otros prefieren guardar silencio. Algunos lloran desde el primer día. Otros tardan meses en permitir que sus lágrimas aparezcan.
Y ninguna de esas maneras hace que el amor sea más grande o más pequeño.
Después de todo lo vivido, hay algo de lo que estoy convencida:
Nadie tiene derecho a criticar el dolor ajeno. Cada uno tiene su propia manera de recordar, de amar y de llorar sus pérdidas.
Hoy sé que no necesito olvidar para continuar viviendo.
Porque quienes amamos dejan mucho más que una ausencia. Nos dejan recuerdos, enseñanzas, conversaciones que todavía parecen acompañarnos y una historia compartida que la muerte no puede borrar.
Y quizás aprender a vivir con el duelo sea también eso: permitirnos volver a sonreír al recordar a quienes ya no están, sin sentir que por hacerlo los estamos amando menos.
Porque recordar con una sonrisa también es una manera de seguir amando.
Karen Solar